Circunstancias de la vida me han llevado a tener que reflexionar
sobre mi trabajo de campo en Micronesia. Es esta una experiencia que he llevado y
lucido como una cicatriz (más allá de cualquier consideración
estética, como una marca que te deja la vida): inscrita en mi cuerpo y mi carácter. Pero, curiosamente,
nunca me he detenido a reflexionar sobre lo que allí viví, ni como
antropóloga ni como persona. Y ahora que me pongo a ello, me doy
cuenta de que el pasado es un país lejano y, a menudo, extraño,
sobre todo para quienes tenemos mala memoria.
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lunes, 2 de marzo de 2015
domingo, 9 de marzo de 2014
La criada bajo el yugo del cuento
Hay días en los que el ánimo está tan amargamente cenizo que sería mejor no escribir. Pero están de suerte, porque no va a tener que tragarse las pústulas que estoy produciendo profusamente en este momento al leer esta entrada, ya que la escribí casi en su totalidad cuando me hallaba en un estado infinitamente más jovial y aun no era presa del estado que precede a la aparición de una calentura en el labio.
Sin embargo, les prevengo: el tema también es ceniciento, como si algo ya me hubiera anunciado lo que estaba por venir. Espero que esto no les desanime de la lectura, y aún menos cuando les diga que al escribir esta entrada me voy a meter en un berenjenal del que no sé si voy a salir bien parada. Bien, allá voy.
Aquí les quería seguir hablando de la ciencia ficción y la etnografía, y el pretexto es la escalofriante distopía que mencionaba al final de mi anterior entrada: El cuento de la criada de Margaret Atwood.
Sin embargo, les prevengo: el tema también es ceniciento, como si algo ya me hubiera anunciado lo que estaba por venir. Espero que esto no les desanime de la lectura, y aún menos cuando les diga que al escribir esta entrada me voy a meter en un berenjenal del que no sé si voy a salir bien parada. Bien, allá voy.
Aquí les quería seguir hablando de la ciencia ficción y la etnografía, y el pretexto es la escalofriante distopía que mencionaba al final de mi anterior entrada: El cuento de la criada de Margaret Atwood.
domingo, 9 de febrero de 2014
Ciencia ficción etnográfica o etnografía de ficción
Como bien reza el nombre de este blog, nada más lejos de mi intención que escribir algo original. Digo original en el sentido de único y diferente de lo que existe en el mundo. Mi pretensión al escribir aquí es, ni más ni menos, que pasármelo bien, porque disfruto escribiendo. La etnografía es un hilo conductor, pero, sin desmerecer la importancia que para mí tiene, no niego que podría haber sido otro. De momento, me permite seguir tirando del carrete y hablar de cosas que están separadas por la razón, pero unidas por el sentimiento (esta frase tampoco es mía). Este es el caso de la ciencia ficción y la etnografía.
Aunque haya quien la considere un género menor (allá ellxs), la ciencia ficción es para mí una de los géneros literarios que más te hace olvidar que estás leyendo recostada en un sofá. Además del placer de la lectura que procura cualquier libro bien escrito, la ciencia ficción te da otra cosa que para mí es fundamental: una patada en la cabeza. Es decir, te hace imaginar, vivir (cuando se es una lectora muy entregada) lo que en nuestro presente y nuestro mundo es imposible. Es ir de excursión a paisajes altamente improbables de la mano de una buena descripción. Y es aquí donde se encuentra con la etnografía.
Aunque haya quien la considere un género menor (allá ellxs), la ciencia ficción es para mí una de los géneros literarios que más te hace olvidar que estás leyendo recostada en un sofá. Además del placer de la lectura que procura cualquier libro bien escrito, la ciencia ficción te da otra cosa que para mí es fundamental: una patada en la cabeza. Es decir, te hace imaginar, vivir (cuando se es una lectora muy entregada) lo que en nuestro presente y nuestro mundo es imposible. Es ir de excursión a paisajes altamente improbables de la mano de una buena descripción. Y es aquí donde se encuentra con la etnografía.
viernes, 31 de enero de 2014
Sentarse correctamente
En el reportaje del que hablaba en mi anterior entrada, podemos oír y ver en varias ocasiones a Mead. Dice infinidad de cosas, pero de todas ellas me tocó la fibra una en particular cuando habla de su experiencia en Samoa. Dice: "aprendí a sentarme correctamente".
Cuando oí esto pensé que, muy posiblemente, esta frase pasaría desapercibida para la mayoría de lxs oyentes. En el mejor de los casos, les resultaría enigmática. ¿Qué secretos puede tener sentarse? ¿Se aprende? ¿Se estudia? Es más, ¿se puede hacer mal? Pues sí: se puede hacer pero que muy mal. Así que aprender a hacerlo bien tiene un mérito que Mead supo apreciar. (Es todo un arte que, por cierto, queda muy bien ilustrado en las imágenes que recogen el testimonio de su antigua y "mentirosa" informante).
jueves, 16 de enero de 2014
De profesión: etnógrafa
Llevo toda la semana dedicándome al zafarrancho terapéutico, o dicho de otro modo, a poner orden en mi casa: vaciar cajones, tirar papeles, juntar las fotos con las fotos, las cartas con las cartas, tirar más papeles, reorganizar el espacio... En fin, a poner orden en las cosas como si ello me ayudara a ponerlo en mi cabeza. Dicen que cuando soñamos, todo lo que aparece en el sueño nos representa. No sé si es muy posible hacer una analogía, pero quiero creer todo lo que hemos ido acumulando también nos representa. De modo que cuando ordenamos nuestra casa, metiendo el dedito hasta en las grietas más recónditas de los armarios, nos ordenamos, por ende, a nosotras mismas. Soñadora y acumuladora así se podrían identificar.
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